Los amigos de Jesús lo veían orar. Luego le pidieron una sola cosa: «Señor, enséñanos a orar» (Lucas 11:1). Él lo hizo, y lo que les enseñó también es para ti.
No necesitas palabras elegantes
«Y al orar, no hablen solo por hablar como hacen los gentiles, porque ellos se imaginan que serán escuchados por sus muchas palabras… su Padre sabe lo que ustedes necesitan antes de que se lo pidan» (Mateo 6:7–8).
La oración no es una actuación. Es un hijo hablando con su Padre.
Jesús dijo que entraras a tu cuarto y cerraras la puerta para orar (Mateo 6:6). La oración no se trata de que te vean ni de sonar santo. Lo honesto es mejor que lo impresionante. Puedes orar en voz alta o en silencio, sentado, de rodillas o caminando: Él lo escucha todo.
La oración que nos dio
«Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan cotidiano. Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores. Y no nos dejes caer en tentación, sino líbranos del maligno» (Mateo 6:9–13).
Lo bastante corta para decirla en menos de un minuto. Lo bastante profunda para toda la vida.
Jesús no la dio como palabras mágicas. La dio como un modelo, una forma para tus propias oraciones. Esto es lo que significa cada línea.
«Padre nuestro que estás en el cielo»
No le hablas a un extraño. Por medio de Jesús, Dios llega a ser tu Padre, y quiere escucharte. Si un padre en la tierra te falló, sabe esto: este Padre no te fallará.
«Santificado sea tu nombre»
«Santificado» significa santo. Empieza recordando con quién hablas. Él es más grande que lo que sea que estés cargando.
«Venga tu reino, hágase tu voluntad»
Esta es la línea más valiente. Le pides a Dios que haga su voluntad, en el mundo y en ti. Jesús mismo oró así la noche antes de la cruz: «Pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú» (Mateo 26:39).
«Danos hoy nuestro pan cotidiano»
Tráele tus necesidades de cada día: comida, cuentas, un trabajo, fuerzas para seguir. Nada es demasiado pequeño. Fíjate en la palabra hoy: Él da lo que necesitas un día a la vez.
«Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores»
Todos necesitamos perdón, y Él lo da gratis. Las personas perdonadas aprenden a perdonar; a Jesús le importaba tanto que volvió a hablar de esto justo después de la oración (Mateo 6:14–15). Si alguien te lastimó y todavía no estás listo, puedes empezar pidiéndole que te ayude a llegar allí.
«Y no nos dejes caer en tentación, sino líbranos del maligno»
Pídele que te mantenga cerca y a salvo. No eres lo bastante fuerte solo, y no tienes que serlo. «Dios es fiel, y no permitirá que ustedes sean tentados más allá de lo que puedan aguantar» (1 Corintios 10:13).
Inténtalo con tus propias palabras
Este es el mismo modelo con palabras de todos los días. Llena los espacios con tu propia vida:
«Padre, Tú eres bueno y eres santo. Haz tu voluntad en mi vida. Por favor dame lo que necesito para hoy: ______. Perdóname por ______, y ayúdame a perdonar a ______. Mantenme cerca y mantenme a salvo. En el nombre de Jesús, amén».
Cuando no tienes palabras
«No sabemos qué pedir, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras» (Romanos 8:26).
Algunos días un suspiro es una oración.
Si todo lo que puedes decir es «Jesús, ayúdame», esa es una oración real. Un papá preocupado le gritó a Jesús: «¡Sí creo! ¡Ayúdame en mi poca fe!» (Marcos 9:24), y Jesús lo ayudó.
Sigue pidiendo
«Pidan, y se les dará; busquen, y encontrarán; llamen, y se les abrirá» (Lucas 11:9).
Dios nunca se cansa de escucharte.
Justo después de enseñar esta oración en Lucas 11, Jesús contó una historia sobre un amigo que toca a una puerta a medianoche. El punto: sigue viniendo. Dios siempre escucha. No siempre responde como esperábamos ni cuando esperábamos, pero da lo que es bueno, y se da a sí mismo (Lucas 11:13).
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